Santa Elena

El templo tiene su origen en la fundación realizada por el rey Jaime I de Aragón en 1221, erigiéndose una primera capilla mozárabe de la que todavía subsisten algunas columnas empotradas en los muros del edificio actual. Fernando el Católico y Carlos I ratificaron su protección sobre la ermita. En los siglos XVII y XVIII fue objeto de importantes ampliaciones, adquiriendo finalmente el aspecto que hoy presenta. Ocupa un lugar sacralizado desde la Prehistoria, como demuestra la existencia de dólmenes en sus proximidades. Junto a la iglesia brota una fuente llamada La Gloriosa, cuyas aguas se precipitan al vacío en airosa cascada desde la explanada del templo. De caudal intermitente, el manantial constituye el germen de una tradición que sitúa en este lugar a la emperatriz Elena allá por el siglo IV y que explica la erección de este santuario en su honor.

Cuenta la leyenda que, viéndose perseguida por los infieles, la santa buscó refugio en una cueva abierta donde hoy se levanta la ermita y cuyo acceso quedó de inmediato oculto por una gran tela de araña. Elena abandonaría su escondite pasado el peligro, lugar del que brotó milagrosamente la fuente y en cuyas piedras quedaron grabadas sus plantas como si de barro se tratara. Desde entonces la creencia popular mantiene, entre otros prodigios, que el caudal crece y decrece presagiando calamidades o periodos de prosperidad; también se dice que sus aguas proceden del sagrado río Jordán, desde que un peregrino llegado a la ermita en el medievo descubriera flotando en ellas el bastón que había perdido tiempo atrás en Tierra Santa.